sábado, 22 de febrero de 2014

Casa de muñecas

No recuerdo cuando fue la primera vez pero sí que la hubo. No le cuentes a tu papá, eso le dije y le besé la frente hirviendo.
-         ¿Te pasa algo? Pregunté
-         Mal día en el trabajo si queres me ahorro los detalles pero si insistís…
-         Sabes que jamás insistiría con eso, sabes que detesto los detalles porque los tuyos generalmente tienen pliegue y trama.
-         ¿Vida propia querrás decir?
-         Ni los chistes entendes.
-         ¿De qué hablas?
-         Deja, ¿sabes si tiene fiebre?, ¿donde dejaste el termómetro?
-         ¿Por qué decís que no entiendo los chistes? 
-         Por el mismo motivo que dejas las novelas en el capitulo dos.
-         ¿Y eso que tiene que ver?
-         Me parece que hay como un brote que de tanto en tanto se abre y uno improvisando zapatos para que no duela.
-         Deberías hacerte cargo. Anoche escuché ruidos, eso que vos llamas “un brote”, deshojar la margarita.
-         ¿Ves que cuando queres podes?
-         ¿Qué vas a hacer con la nueva?
-         Cuando encuentre el termómetro te digo, me parece que tiene fiebre.

Abrió la puerta, al parecer estaba dormida. Sintió como un frío metálico le desnudaba la boca labio por labio. Pareció calmarse o seguir respirando.
-         Me parece que tu problemita, tu nueva primavera no se soluciona con un termómetro.
-         Tampoco con el más cruel de los pediatras.
-         Yo no sé como tus placeres pueden tener tribulaciones después de tanto…goce.
-         Se ve que retomamos la novela.
-         ¡Morite hijo de puta!

Sin querer le había dado una idea. Pero mejor no anticiparse. La partida de dados empezaba cuando las estrellas pero siempre el sopor de la trampa modifica los hechos.
-         ¡Te vestiste de medico pedazo de mierda!
-         ¡Médico no! ¿Cómo había dicho? El más cruel de los pediatras.

No se puso guantes, su fantasía pasaba por otro lado. Le abrió los ojos claros como quien desecha lo feo de una fruta madura. Mordió sus muslos en esa ruta que había construido tan lejos que tanto grito parecía una mentira. Le mordió el pecho, casi no tenia tetas.
“Las historias detrás de los cuerpos son mi poema favorito” resalto esa frase podría ser el puntapié inicial de un futuro diario. Se seco la boca con un trapo sucio. Era tal el griterío que los que nunca te vieron no podrían ni abrir la boca. Yo desde lejos te maldije como si alcanzara, como si sanara una serpiente satisfecha por un ratón envenenado. Sacó del maletín un cuaderno, lo firmó con letra de médico ilegible. Se autorizó la orden, su próxima aventura.

Le quitó la ropa despacio, la volvió a morder como un tigre que duerme y se sueña dentro de otro tigre. El estetoscopio abierto en partes iguales. Su corazón latía como un puerco con monedas. No tardo en delegar un diagnóstico. Examinó profundo cada una de sus cavidades hasta llegar a la penumbra que la noche eligió. Primero probó con un dedo. Índice, anular, índice. El meñique disfrutaba entre risas. La dio vuelta como una puta, como a un ciervo flagelado por la pirámide social. Un viento suave lo recorrió por dentro. No pudo más que sorprenderse entre tanto fuego. Al fin había encontrado el termómetro.  

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